Abrigo
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“Nadie me da nada para sacarme esto que tengo acá adentro”

Ilustración de un niño sentado en una silla, con la cabeza baja y las manos entrelazadas

Tenía 6 años y estaba en el consultorio de Cristina, mi psicóloga, hablando sobre mis problemas de conducta y cómo sufría, llorando a mares sin poder dar explicación alguna. No podía explicarlo porque no sabía qué me pasaba. En esa conversación le respondí a mi psicóloga: "Vos me hablás, mi mamá me habla, todos me hablan. Pero nadie me da nada para sacarme esto que tengo acá adentro", palabras más, palabras menos.

La salud mental ha marcado mi vida, ha sido una lucha, más inconsciente que consciente, que atravesó cada una de mis etapas y ha sido la protagonista de mis dolores por la ausencia de herramientas para mantener un bienestar emocional. Hoy tengo 26 años; me separan dos décadas de aquella conversación y cientos de dolores, pero también me unen una serie de personas, aprendizajes y afectos que me permiten entender ese dolor que tengo adentro y, sobre todo, vivir en libertad con él. La salud mental es hoy un tema de debate. Es un debate de emergencia nacional al que muchas veces nos cuesta ponerle rostros; muchas noticias impersonalizan en cifras (alarmantes y preocupantes, por cierto) una realidad que afecta a todo el mundo.

Hace más de un año comencé un proceso de sanación interna, de tregua con mi propio yo, que me ha dado las herramientas para poder afrontar la vida de la misma forma que cualquier otra persona. En este proceso fui consciente de que era un privilegiado: mi privilegio tiene la firmeza de una familia que me crió con amor, de un hogar sólido donde la violencia nunca estuvo presente, y de padres que se preocuparon siempre por mí y que, cuando comprendieron tempranamente que algo no estaba bien, golpearon todas las puertas existentes para ayudarme. Entiendo y comprendo que mi realidad no es la norma, que hablar de problemas de salud mental sigue siendo un tabú puertas adentro de los hogares, que no todos tenemos una contención amorosa en nuestras casas y que mucho menos tenemos oportunidades de acceso a derechos tan básicos como la consulta con especialistas y medicación adecuada.

El 14 de febrero de 2006, sí, el día de San Valentín, comenzó el proceso de diagnóstico que culminó con la conclusión de que tenía un trastorno bipolar; un diagnóstico que tardé años en comprender bien qué significaba y cómo afectaba mi vida. Era también un tema que sobrevolaba, pero que no charlaba; si no me equivoco, fue en quinto de liceo que pude verbalizarlo por primera vez. Belén, mi profesora de biología, nos había pedido que hiciéramos una presentación sobre diferentes aristas de la salud mental. En este sorteo me tocó la bipolaridad. Al terminar mi exposición, conté que en verdad era un tema que me interpelaba porque tenía este diagnóstico desde muy niño, que en ese momento me encontraba bien, pero que lo único que tenía claro es que era algo con lo que debía vivir el resto de mi vida.

Primero con ayuda psicológica, de niño con medicación también, pero desde adolescente y durante muchos años con métodos más artesanales (por haber decidido, erróneamente considero hoy, descontinuar mi terapia), fui construyendo herramientas y armaduras que me protegían, o eso pensaba. Fue a partir de una sucesión de eventos que me hicieron replantearme algunas posturas y lugares que habitaba, donde me di cuenta de que necesitaba volver a reconstruir mi red de contención y acudir a ayuda profesional; no porque estuviera transitando un mal momento o un episodio de depresión, sino porque quería sanar muchas cosas y tener un lugar de contención que me ayudara. Es también acá donde descubrí que no había algo para “sacar lo que tengo adentro”, sino que es un camino de conocer las raíces para transformarlas. Lo entendí así en mi proceso, aunque cada historia es distinta.

Fue durante este proceso intrapersonal que tomé la decisión de que quería utilizar este dolor que había marcado mi vida para transformarlo en algo que ayudara, motivara y pudiese ser útil para otros. En esta decisión también creí que debía aportar mi voz a la discusión, no porque fuese importante o relevante (lejos de ello), sino porque comprendí la necesidad imperiosa de que la salud mental deje de ser cifras y le podamos comenzar a poner rostros e historias. Sin caer en el melancolismo irresoluble ni tampoco en un positivismo necio.

En junio de 2025 invité a mi mejor amiga y también diseñadora gráfica destacada, Guadalupe, a ser parte de abrigo y, a partir de allí, de su sí contundente, comenzó esta aventura que tiene como mojón fundamental la presentación de la primera versión de nuestra app. En el camino recurrimos a la consulta de los propios jóvenes y especialmente de profesionales de la salud mental. El resultado es abrigo: una app de gestión emocional diseñada para jóvenes que brinda contención y herramientas para cuidarnos. No reemplaza la terapia, la complementa generando una visión más sociocomunitaria de la salud mental que trasciende la medicalización del bienestar. Desde hoy pueden descargarla en Play Store para Android y en la App Store para iOS.

Esta historia no la escribí solo. La sostuvieron mi familia, mis amigos y todos los afectos que estuvieron —y están— cuando más los necesité. Este proyecto es, en parte, mi forma de agradecerles.

Hoy sigo sin tener algo para "sacarme lo que tengo acá adentro". Pero sí tengo, por fin, herramientas para entenderlo y vivir con ello. Abrigo nació del deseo de que otros encuentren esas herramientas antes que yo.

Facundo Maffoni,

Cofundador de abrigo.